3.- El Temple Y La Corona De Aragón

 

En 1131, el conde de Barcelona -y señor de Provenza- Ramón Berenguer III, casado con Dulce de Provenza, pide el ingreso en la Orden del Temple.

Por las mismas fechas, dicha congregación se presenta públicamente en la ciudad de Toulouse.

Suponemos que estos hechos están estrechamente emparentados, puesto que los templarios se hicieron fuertes, en sus inicios, fundamentalmente en Champaña, en la Provenza y el Languedoc.

El nuevo conde de Barcelona (Señor de Provenza, por herencia materna) Ramón Berenguer IV, contrae matrimonio con Petronila, hija de Ramiro y heredera dinástica del reino.

En esta operación, fundamentalmente política, faltaba un elemento aglutinador, un “nudo gordiano” capaz de hacer frente a los distintos intereses y a la vez ofrecer garantías a las partes. Es en este contexto que aparecen los caballeros del Temple en Hispania.

Después de diversas tentativas, siguiendo los consejos de su padre templario, el conde de Barcelona logra reunir en Gerona, en septiembre de 1143, a los principales señores y a los obispos de sus dominios, dado que como príncipe consorte, era también Señor de Aragón, con una representación templaria encabezada por Hugues Rigault, Maestre en Francia y miembro fundador de la Orden, y por Pere de Rovira, Maestro en Provenza y parte de Hispania. El segundo Maestro del Temple Roberto de Craon, heredero de Hugo de Payens, bendijo la reunión y sus acuerdos.

¿Cuáles fueron estos acuerdos, según el documento oficial? En primer lugar, acordaron constituir una “nueva caballería adversus sarracenos”, adscrita a la Orden del Temple. La misión de dicha caballería sería la de proteger el reino contra los enemigos de la fe, al tiempo que participaría y dirigiría las campañas contra los sarracenos.

Para llevar a cabo dicha misión, los templarios recibirán, en el plano económico, el 20% de todas las tierras que se conquisten a los infieles, más el 10% de la parte real, más la décima parte de todo lo que el rey posea, más el diezmo eclesiástico (esta concesión, por bula Papal), más una parte de los tributos que el rey taifa de Valencia pagaba al conde.


Recordemos para terminar estas consideraciones, que los templarios en ningún punto del documento renuncian a la parte que les corresponde del reino de Aragón según el testamento del Batallador, simplemente, el tema queda en suspenso.En el plano político, los templarios deberán dar su visto bueno a cualquier pacto del rey con los sarracenos. Éste, tampoco podrá firmar ningún armisticio con los moros sin el permiso del Temple.  

A título de compensación reciben, al margen de los enormes privilegios arriba señalados, el castillo y la Villa de Monzón con todos sus dominios (27 poblaciones), el castillo de Barberá en Tarragona, y los de Remolins Granyena en Lleida.

Añadiremos que, en las mismas circunstancias, tanto los hospitalarios (que aún no tenían reconocido su posterior carácter militar) como los caballeros del Santo Sepulcro, renunciaron a su parte de la herencia aragonesa a cambio de donaciones de casas y otros privilegios. 


Los templarios ofrecían garantías de unidad en la lucha a los nobles aragoneses, al conde de Barcelona (hijo de un templario), y a la Iglesia que en aquel momento recibía la inspiración directa y universal de San Bernardo, padre espiritual de los templarios y su principal propagandista.De esta manera, por la puerta grande, comenzaron su andadura los caballeros del templo de Salomón en la Corona de Aragón. En consecuencia, todas las casas importantes y familias nobles procuraron, a lo largo de los casi dos siglos de existencia formal de la Orden, tener uno o varios parientes directos como miembros del estamento más elitista e influyente del reino, el cual colmaban con donaciones particulares.

A fin de no convertir esta presentación en un inacabable ensayo historicista sobre los templarios, señalaremos los principales hechos en los que participaron de manera decisiva, desde 1143 hasta la suspensión Papal. Estos hechos, acaecidos en la corona de Aragón, son a menudo silenciados (suponemos que por desconocimiento) ante el práctico monopolio de las monografías sobre templarios que ejerce Francia.

1147-1148 Conquistas de Tortosa y de Lleida. En ambos casos, los templarios recibieron la parte estipulada en el documento de constitución fechado en Gerona en 1143. En el caso de Tortosa, y por medio de sus conocidas estrategias financieras, a finales del siglo XII, acabaron siendo los señores de la ciudad y sus términos cuando el rey les cedió su parte, más la que compraron a los genoveses, que habían participado con su flota. De la conquista de Lleida, heredaron Gardeny (una de sus plazas más importantes) y el castillo de Corbins con muchos pueblos.

A todo ello, añadieron numerosas donaciones de particulares que querían recibir los privilegios espirituales de la Orden ante la muerte, o bien su protección en el caso de peregrinaje, para lo cual idearon un sistema parecido a los actuales cheques de viaje.

Agosto de 1153. Conquista de Miravet. Seis años después de las conquistas de Tortosa y de Lleida se produce el final definitivo de la adición del sur de Cataluña a la corona aragonesa.

Miravet, emplazamiento que protege la puerta definitiva del Ebro, que allí se encajona entre montañas, era la plaza más fuerte del mundo musulmán en la zona. Allí los árabes disponían de un ribât -de ahí el nombre de Murâbit- dispuesto a defender la plaza sin rendirse jamás.

Esta conquista la dirigieron los templarios en persona. Tal y como se expresa en las cartas que el último principal dirigente Ramón de Saguardia dirigió a Clemente V. Miravet, era el territorio que permitiría a los templarios dominar todo el Ebro catalán, desde Mequinenza hasta el mar.

Para ello no dudaron en hacer posesión de los castillos, villas y términos de Ascó, Horta y Ribaroja, con todos los pueblos dependientes. Esto lo consiguieron bien por medio de intercambios (por ejemplo, la parte correspondiente a la conquista del cantón de Ademuz, en el caso de Ascó) y como compensación de préstamos a la realeza (en el caso de Horta y de Ribaroja).

Si sumamos el resto de posesiones en la demarcación del castillo de Barberá, en el Tarragonés, y en el resto de comarcas, podemos decir sin temor a equivocarnos, que las tierras del Temple en la cuenca del Ebro a finales del siglo XII, abarcaban casi la mitad de la actual provincia de Tarragona. Sus posesiones en el resto del territorio, sin ser tan abundantes, eran igualmente considerables.

Los templarios protegieron al rey Alfonso II -el hijo de Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV- durante su minoría de edad. El conde conquistador había muerto en 1162. La participación templaria en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, al lado del rey Pedro II de Aragón está fuera de toda duda.

Su intervención como congregación espiritual y militar integradora en el mundo de la época tuvo lugar en otro momento crucial para el devenir del reino:

Los templarios no participaron en el desastre de Muret (1213), donde murió el rey Pedro II defendiendo los intereses de sus vasallos languedocienses, muchos de ellos cátaros. La fidelidad de los templarios se hallaba dividida entre su rey y su Papa, nada menos que Inocencio III, aquel que no dudaba en declararse, él mismo, templario.

En este momento especial, los templarios catalanes volvieron a ofrecer las garantías de equidad y sabiduría política que la situación requería. Ellos acogieron al pequeño heredero por orden del Papa y por deseo expreso de su madre, María de Montpelier. Primero en su casa de Barcelona y después en el castillo de Monzón, le enseñaron a ser un caballero -un templario- al rey más grande; Jaime I.

Digamos también que, durante esta etapa (de 1180 a 1232), los templarios de la corona de Aragón aportaron al Temple -en momentos muy difíciles- a tres de sus mejores Maestres: Arnau de Torroja, Gilbert d’Erill y Pere de Montagut, todos ellos héroes de las campañas en Hispania. Los mismos que supieron dirigir la guerra santa en ultramar con gran coraje y tino.

Los templarios de Jaime I dirigieron, planearon y ejecutaron buena parte de la conquista de Mallorca. Como prueba, tenemos la donación del castillo y el barrio judío más la tercera parte de la ciudad de Palma, 580 “caballerías” (porciones de tierra suficientes para un caballero y su familia), hornos, molinos, incluso un puerto en exclusiva en Palma, Pollensa… en manos de Bernat de Campans, lugarteniente del maestre, Comendador de Miravet y de toda la Ribera (demarcación que incluía todas las tierras del Ebro catalán, un “distrito” a caballo entre las “provincias” y las “encomiendas”). 

La conquista de Menorca fue encargada por el monarca a Ramón de Serra, un templario que más tarde sería Maestre provincial.  

La conquista del reino de Valencia siguió un proceso similar en cuanto a la intervención de nuestros caballeros: la donación de buena parte de la ciudad, el rey Jaime la puso en manos de Guillem de Cardona, Comendador de Miravet, y más tarde, Maestre provincial.

Hacia 1252, San Luís, rey de Francia y director de la quinta Cruzada, mandó expulsar de Tierra Santa al Mariscal del Temple, Hug de Joieu, por haber acordado unos pactos con el sultán de Damasco -práctica corriente en las Cruzadas- sin su conocimiento. Los templarios de Aragón y Catalunya acogieron a Hug Joieu nombrándole Maestre provincial, a pesar de la admonición de San Luís, demostrando su poder e independencia.

En 1265, el rey Jaime I envió a sus ejércitos contra el reino de Murcia que se había sublevado. La campaña victoriosa la dirigió Pere de Queralt, Mariscal del Temple en Aragón, conocido como “cor de roure” (corazón de roble). Jaime I pudo devolver así el reino de Murcia a su yerno Alfonso El Sabio de Castilla. Los templarios adquirieron nuevas posesiones en esta campaña: Caravaca, derechos sobre Jerez de los Caballeros y el castillo árabe de Murcia, donde erigieron una capilla dedicada a su Señora: la Virgen de Gracia, la misma a la que habían dedicado un siglo antes, su castillo emblemático: Miravet.

* Durante el reinado de Pedro el Grande, hijo de Jaime I, los templarios llevaron a cabo otras gestas: la derrota de los franceses en Nicoretta (después de la guerra de Sicilia), dirigida por otro Pere de Queralt.

 En 1285, el Papa Angevino excomulgó al monarca y a su reino (por los hechos de Sicilia) y mandó una Cruzada contra Catalunya, dirigida por Felipe Hardi (padre de Felipe el Hermoso). En esta ocasión los templarios de Aragón y Cataluña, capitaneados por el Maestre Berenguer de Sanjust, protegieron el reino contra los invasores, a pesar de que estos venían contra la corona aragonesa en nombre del mismísimo Papa, jefe supremo del Temple. De esta manera, los templarios salvaron al rey y su tierra, demostrando la máxima fidelidad a su patria y a su tierra por encima de otras consideraciones.

Berenguer de Sanjust dejó de ser Maestro después del desastre de San Juan de Acre (1291). Fue el último Comendador de Miravet (1302-1308).

1307-1312. El proceso a los templarios en la corona de Aragón tiene un especial interés: el rey arrestó al Maestre Ximén de Lenda en Valencia. En Miravet resistieron un largo asedio de trece meses, mientras el lugarteniente del Maestre, Ramón de Saguàrdia, mantenía una copiosa correspondencia diplomática con el rey y con el mismísimo Papa, a fin de negociar las mejores condiciones de futuro para los monjes guerreros.

El juicio, celebrado en Tarragona, declaró a los templarios catalanes libres de todos los cargos. Ninguna acusación se pudo demostrar.

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